...que en 1823 y dos tercios, existía un hombre llamado Alexis. Nacido en el seno de una familia millonaria de Luxemburgo, gustaba de la cacería de zorros con canes, el tennis de mesa y comerse los primogénitos de esclavos libertos cada muerte de un obispo. Solía lamentarse por ser un simple mortal. Vagaba por las calles de Kopstal, su pueblo natal, averiguando con brujos y brujas, certificados por el estado y el ISO 9001:2000, sobre la posibilidad de adquirir dotes inmortales... Pero nadie podía darle una respuesta concreta. Fue así que conoció a Vlad, un viejo roñoso y choto que sobrevivía comiendo ratas en descomposición y salmón ahumado. Este le dijo que para conseguir la ansiada inmortalidad, debía ir a América a buscar la fuente de la enterna juventud. Dibujó un mapa en un lienzo higiénico (el precursor del papel higiénico) y se lo guardo en el bolsillo, con la consigna de que debía mantenerlo en secreto y que debía darle a cambio una noche de pasión con la muchacha más guapa de la región para obtenerlo. Alexis inmediatamente accedió a buscarla.
Fue pueblo por pueblo, preguntando a cada muchacha con buenos atributos y poco dinero si podía ceder a una noche de pasión con el susodicho viejo mugriento de mierda y que a cambio le daría una fuerte suma de dinero. Pero Vlad era muy conocido por ser una inmundicia de persona y por más dinero que Alexis ofertaba, todas lo rechazaban, escupian y a veces hasta lo vomitaban por exceso de opio y alcohol en su sangre. Casi sin esperanzas, Alexis siguió en su infructuosa búsqueda... Agobiado por la falta de resultados, se sumergió en la bebida y en coleccionar piedras brillantes de nulo valor. Noche tras noche, salía por la puerta del bar más cercano con tremenda baranda a alcohol... Solo para aterrizar de boca en la acera más próxima. Tomaba... Se lavaba los dientes por las mañanas si OSE (sucursal Kopstal) no le cortaba el agua... Se mamaba... Quemaba perros por diversión... Quedaba beodo... Aterrorizaba niños con sus historias de poca coherencia y pudor... Lograba un estado etílico muy elevado... Y coleccionaba piedras brillantes de nulo valor. Y fue así, que la Cirrosis tocó a su puerta. Y se despertó de golpe y la atendió. Ana María Juana Cirrosis supo de su búsqueda por la chica para Vlad. Ana María Juana era fea como patada en los huevos con los tapones de punta... Pero era la única que se ofreció. Además, tenía el plus de que era virgen (No había macho lo suficientemente fuerte de estómago que fuese capáz de comersela). Y con la resaca que Alexis tenía, no podía verla en la completitud de su fealdad... Así que sin dudarlo un momento, la tomó del brazo y la llevó a la casa de Vlad... Y al tocar la puerta, los habitantes del pueblo confundieron a Ana María Juana con el lobizón que escapó del zoológico y se la llevaron. Nadie escuchó a Alexis, que sollozaba sin esperanzas tirado en la acera llena de heces humanas. Y fue ahí que la leyenda toma un rumbo inesperado. Alexis, desesperado, optó por hacer su última movida... Vlad abrió la puerta. Recién despierto, aún no se había puesto los lentes... y choto como es, no identificó a esa persona que estaba en la acera... Alexis, con su larga cabellera lacia y su aguda voz se hizo pasar por mujer... a lo que Vlad jamás dió cuenta de la cruda realidad. Y así Alexis obtuvo lo que buscaba con un extra: un leve gusto por la penetración anal.
El mapa lo guiaba a un remoto paraje en América del Sur, olvidado por Dios y libre de indios kamikazes: Paysandú. Vendió sus pertenencias, se despidió de sus padres y hermanas, se comió al perro y alquiló un barco lleno de sudorosos y "hambrientos" marineros para que lo llevaran a destino. Dos meses y cuatro días duró el viaje, debiendo salvar dos tormentas tropicales y una infección de sífilis que casi le cuesta la vida a media tripulación y al susodicho explorador del nuevo mundo.
Al tocar tierra, Alexis había cambiado. Ya no usaba su acostumbrado traje marrón de etiqueta ni su alto sombrero de copa violeta con pintitas amarillas... Hasta sus calzoncillos fueron sustituídos. Ahora se pintaba los labios, usaba vestidos y tanga. Pedía que lo llamaran por su nombre artístico: Yeye. Con dolor, tuvo que despedir a su tripulación con la cual pasó incontables aventuras y amoríos... Pero así debía ser. Solo él (o ella... ya no se sabía como llamarlo/a) podía llegar a la fuente de le eterna juventud... No fuera a ser que otro se avivara antes, embotellara el agua y la vendiera bajo marcas registradas como "Cola Loca" ó "Paso de los Trolos". Esa era SU idea. Y así llegó, tras hablar con los saludables pueblerinos, a ella... Un cartel rezaba: "Playa Mayea, cuna de la vida"
Es así como la leyenda culmina... Pero continua hasta nuestros días. Se dice por ahí que los colifecales terminaron por destruír la fuente de la eterna juventud en años recientes y que ni los perros con sarna se animan a meterse allí a refrescarse... Pero que el Yeye se mantiene en pie, continuando su extraño fetiche por las piedras brillantes de nulo valor y la cumbia villera brasilera...
12.10.08
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